Cuando entré en el gran salón, hacía mucho calor, como de costumbre. Avancé por la estancia de mármol rosa y blanco, intentando no respirar el pólen de las plantas exóticas que invadían la sala. Siempre he odiado penetrar aquella selva artificial en el corazón de una gran capital llena de coches y actividad. ¿Por qué aquella señora decidía vivir ahí?
Al fondo de la habitación, tomando bombones de chocolate que parecían ser inmunes al bochorno, sentada en una silla de mimbre con el respaldo en forma de corazón se encontraba ella, tan excéntrica como siempre. Llevaba un turbante sujeto por su broche que simula el ojo de Grecia y su tocado terminaba con una pluma de pavo real. Como si la alta temperatura no fuese con ella, llevaba un grueso abrigo de piel y una boa de plumas le rodeaba el cuello. ¡Qué mujer tan excéntrica!
-Querida, le estaba esperando. Hace mucho que no viene a visitarme. Por favor, tome asiento.
-Siempre me han parecido horrorosas esas sillas. ¿Cuándo te vas a deshacer de ellas?
-Son muy cómodas. Y bien, ¿qué te trae por aquí? Creí que no querías el consejo de alguien como yo.-Qué arrogante. Le encanta que me arrastre, que le diga que en última instancia su decisión es la válida.-Tú eres reacia al calor de mi hogar, prefieres tus fríos rascacielos. ¿Por qué bajas aquí? ¿Por qué penetras en mi morada?
-A veces necesito más de una opinión para sacar mis propias conclusiones.
-Entonces estás de enhorabuena. He llamado a una vieja amiga, aunque creo que tú tratas más con ella que yo misma. Pasa querida.
Y por el arco de entrada irrumpió la otra chica.